Ortega y Gasset, conferencia en la ciudad de La Plata en 1939 Para animarnos a la recuperación de nuestros ideales, de nuestro carácter y de nuestro destino de grandeza: “¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que daría este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal”

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martes, 10 de mayo de 2016

Cadena de favores - trailer-


UN HERMOSO VIDEO CON UN GRAN MENSAJE LLENO DE AMOR... "Tienen que verlo".En nuestro negocio es así como funciona el PODER DEL MERCADEO!
Posted by Christian Alexander Vaca Valarezo on Viernes, 27 de febrero de 2015


Dejo mi saludo ritual como un apretón de manos o un "Ave María Purísima", Firme y Digno, Bocha... el sociólogo.

sábado, 9 de enero de 2016

Mirá cómo sería el trailer de Star Wars si no hubieran tenido presupuesto

Unos usuarios de Youtube subieron a las redes el video titulado ''Star Wars: The Budget Awakens'', que parodia el trailer del último estreno de la famosa saga.


jajajajaja !!!

Saludos rituales, Bocha.

martes, 12 de febrero de 2013

Películas: Django sin cadenas (o desencadenado) y La noche más oscura.

Por Enrique Lacolla

La proximidad de la entrega de los Oscar hace llegar a las salas comerciales o a los videos, una cantidad de títulos que se cuentan entre los más importantes rodados durante el año pasado. Aquí analizamos uno bueno y otro deleznable en su intención.

Django sin cadenas.- Quentin Tarantino es un tipo aparte en la fauna del cine norteamericano. Es un cultor de la violencia, del cine “gore”, del gran guiñol, a una escala desmesurada incluso para un cine como el estadounidense, aquejado por una especie de patología de la violencia. En Tarantino, sin embargo, la violencia, si bien puede ser hiperbólica, invasiva y envolvente, no es gratuita como en la generalidad de las producciones comerciales de ese origen, que la han escenificado tanto y de acuerdo a mecanismos tan repetitivos. Hasta el punto de haberla en cierto modo esterilizado.. . 

Al decir esterilizado no quiero implicar que su producido sea innocuo. El grueso de la producción policíaca, de terror, guerra, asesinatos, asaltos y emboscadas que regurgita del cine norteamericano no es, en sentido estricto, una vacuna. Lo es sólo en la medida en que crea anticuerpos en el espectador no contra la violencia en sí misma, sino contra su capacidad para reaccionar frente a ella. El espectáculo de la tortura, la violación, las rociadas de balas que matan a gente indiferente o repelente para el público en la platea, mientras deja intactos a los “héroes”, hace que la masa de los espectadores reste significado a esas orgías de sangre y que cuando esa misma violencia, allí ficticia, se ejerza en la vida real, en lugares remotos y sobre individuos a los que la propaganda pinta casi como alienígenas, la acepte y la acoja incluso con satisfacción.(1) 


Pero el cine de Tarantino no discurre sobre ese carril tortuoso. La violencia que pone en escena es, a pesar de su desmesura, mucho más realista. Y también políticamente incorrecta, al revés de lo que propone el canon hollywoodense de estos días. Se inserta en un ámbito donde ciertas coordenadas de la historia se engarzan con la mitología que con ellas ha fabricado el cine. Al hacer esto, al crear una nueva leyenda, ayuda a preguntarse sobre la realidad que pudo tener ficción que ha rodeado a la anterior. Es el caso de Bastardos sin gloria y también de Django sin cadenas. 


Pero cuidémonos de enfatizar demasiado este punto. Lo esencial en Tarantino es su desbocado amor a la forma fílmica y a su historia. El director de Los perros de la calle ha acuñado un cine que le pertenece en exclusiva, brutal, profano, irónico y lleno de citas a realizadores y movimientos cinematográficos del pasado. EnDjango sin cadenas la referencia y el homenaje apuntan al spaghetti western, el género glorificado por Sergio Leone y Sergio Corbucci allá por los años sesenta y setenta. Grueso, popular, desaforado y pasablemente ridículo en ocasiones, produjo sin embargo algunos filmes memorables, como El bueno, el malo y el feo,Los héroes de Mesa Verde (“A fistful of dynamite”) o Érase una vez en el Oeste. La fantasía y la inverosimilitud se daban de la mano en esas películas con un puntillo realista que rescataba casi sin darse cuenta el rostro bárbaro de la conquista del Oeste. De algún modo ese género daba vuelta a la sentencia de John Ford cuando hacía decir a uno de sus personajes: “entre la verdad y la leyenda, elijo la leyenda”. 


Django desencadenado –yo preferiría esta traducción a Django sin cadenas, pues infiere no sólo la liberación de los grilletes del esclavo, sino también la explosión de su ira-, se ambienta un par de años antes del estallido de la guerra civil entre los estados, y en este sentido se la puede acoplar, quizá no arbitrariamente, con el otro título de Spielberg que comentamos días pasados en esta misma página: Lincoln. 


Tarantino y Spielberg son antípodas, a pesar de que ambos son cultores del cine popular. Los dos son maestros en el arte del relato y en la habilidad para capturar la atención del público hasta el punto de proponer su seducción, cosa que a veces los aproxima a la demagogia. Pero Spielberg se atiene a la tradición clásica de Hollywood, con historias bien reflexionadas y atadas a guiones irreprochables, manejando tanto el cine de aventuras como el de la reflexión crítica (aunque por supuesto mechada por la acción física, como es el caso de Munich(2)), mientras que Tarantino se vincula más bien al cine clase “B”, al “comic”, a las historietas y a las películas de género como son las de artes marciales, las de pistoleros o las de guerra. 



En Django desencadenado Tarantino toma a dos personajes –un dentista alemán reciclado en caza-recompensas- y un esclavo al que el primero rescata con el propósito de hacerle identificar a tres fuera de la ley que está persiguiendo. El Dr. Karl Schultz (personificado de manera deliciosa por Christoph Waltz, el fascinante y mefistofélico coronel de la SS en Bastardos sin gloria) es un tipo que interpreta siempre el mandato que tiene de capturar “muerto o vivo” a un proscrito, en el primero de los dos sentidos. Esto no le impide detestar la institución de la esclavitud y que se aficione al negro que ha liberado, convirtiéndolo en su colaborador remunerado. El pacto que se establece entre ellos es que Django, el negro, colaborará con su mentor a cambio de que este lo ayude a rescatar a su esposa, esclava en la plantación de un siniestro traficante interpretado, con deleite, por Leonardo Di Caprio. 


La película tiene dos tiempos; el segundo está marcado por la aparición de este tercer personaje. La primera sección es vertiginosa, arrolladora; la segunda ingresa a un paso más lento –pero no más calmo, pues la bestialidad y la violencia están siempre latentes e irrumpirán sin frenos en la última media hora del filme. 


El arte de Tarantino se basa en familiaridad con el museo del cine: sus películas citan una infinidad de referencias a las que ilustra y varía de múltiples maneras. En Kill Bill era el filme de artes marciales, en Pulp Fiction el filme de gangsters y en Bastardos sin gloria, la película de guerra y los próceres del expresionismo alemán, matizado todo por un toque de spaghetti western, como introduciendo el tema del que sería su siguiente trabajo, la obra que estamos comentando. Aquí Tarantino se remite como hemos dicho a las figuras de Corbucci y Leone, apela a los servicios de Ennio Morricone en una composición musical y especifica aun más su homenaje aportando la presencia de Franco Nero, el Django original, en un fugaz cameo. También se permite un guiño a Pierrot le Fou, de Godard, cuando evapora al personaje que fugazmente encarna volándolo con la bolsa llena de explosivos que lleva sobre el cuerpo. 


Pero no es sólo la aventura por la aventura en sí lo que habita a Django desencadenado; está también el asunto de la esclavitud y del pasado estadounidense. Y es aquí donde podemos establecer una comparación entre la película de Spielberg que mencionáramos y el filme de Tarantino. El director de Lincoln teje una compleja trama narrativa para mostrar los tejemanejes de la política y la suprema habilidad del presidente para arribar a una solución a medias del problema de la esclavitud, manejando con pulso de alquimista las medidas de la concesión y la intransigencia. Tarantino elige, como era de prever, un camino mucho más radical. Sus personajes en vez de aceptar un arreglo humillante, estallan y, en vez de conceder, vuelan la plantación donde se la perversidad se aloja. 



El arte es flexible y permite fantasías que no se acomodan con la realidad. Pero no por eso deja de plantear opciones que están en el fondo de las cosas. La liberación del mal pasa por el exterminio de quienes lo encarnan, y Tarantino no se queda corto a la hora de distribuir plomo y dinamita sobre esos personajes. Es regocijante la manera en que Django ajusta cuentas con el mayordomo negro de la plantación, una especie de Tío Tom (interpretado por Samuel L. Jackson) no sólo servil sino también cruel con los otros esclavos. No en vano el radicalismo negro ha convertido al personaje de Harriett Beecher Stowe, cuya novela tanto ayudó a la causa abolicionista en el siglo XIX, en la encarnación del sojuzgamiento aceptado y de una bondad evangélica que en definitiva se resolvía en la aceptación de su destino servil. Aquí Stephen, el mayordomo que asiste a Candie, el terrateniente personificado por Di Caprio, es un monstruo cuya devoción por la familia del amo lo convierte en un diligente verdugo de los suyos. Esta es una de las invenciones más brillantes de la película de Tarantino y no es casual que ella se cierre con la aniquilación de este personaje –muerte necesaria para que su raza viva. 


La brillantez narrativa del filme es enorme y se encadena en un montaje con momentos de gran intensidad y con efectos visuales –como las gotas de sangre que van a salpicar los copos de algodón- tan bellos como significativos. El humor que distingue a los guiones que escribe Tarantino chisporrotea a lo largo de toda la película y toca momentos excelsos, como en la ridícula cabalgata de los primeros cultores del Ku Klux Klan. De las interpretaciones hemos hablado ya, de modo que no queda mucho que agregar. James Foxx como Django está muy bien, aunque la película pierde algo de su atracción con la desaparición de los personajes de Di Caprio y sobre todo de Christoph Waltz. Se los extraña y uno quisiera verlos reencarnarse para seguir disfrutándolos. 


La noche más oscura. O de cómo aprender a despreocuparse y a amar la tortura.- 



Kathryn Bigelow es una talentosa realizadora norteamericana que cuenta en su haber un buen relato de guerra, The hurt locker, donde sin embargo mostraba ya la hilacha en el sentido de que se trata de una cineasta al servicio de las tesis propagandísticas del sistema de poder que enseñorea a Estados Unidos. Esa historia ambientada en Irak se centraba en un núcleo de guerreros encargados de la peligrosa misión de desactivar IEDS ( Improvised Explosive Devices) sembrados por la resistencia iraquí contra la ocupación norteamericana. Los soldados norteamericanos eran mostrados sin adornos, indiferentes al sufrimiento propio y ajeno y encerrados en su propio ámbito, con un ominoso desdén para con el mundo que los rodea. Lo cual no dejaba de otorgarles un aura de heroicidad provista de cierta rudeza olímpica. 


En La noche más oscura esa alienación respecto de los datos del mundo exterior y esa obsesiva inmersión en la propia tarea está muchísimo más enfatizada y se combina con una inconsistencia histórica y con una falta de consideración humana que hacen de esta película uno de los más detestables documentos de nuestra época. Elleit motiv del filme no es otro que el elogio de la tortura como expediente para obtener información. La hipocresía y el cinismo (ambos términos se complementan) de los patrones de la CIA definen’ sus procedimientos como “técnicas de interrogación avanzada”, pero este eufemismo no puede disimular que el “submarino”, el castigo corporal, la exposición a situaciones humillantes, al hambre, al frío o al calor extremos; la falta de sueño, el abandono, la reclusión en cajas donde el prisionero yace desnudo en posición fetal, y la presión y extorsión psicológicas no son otra cosa que torturas. La película “normaliza” estos procedimientos al hacérnoslos ver como un componente necesario del gobierno del mundo en las actuales circunstancias. Aunque ese gobierno se lo hayan arrogado Washington y sus aliados por su propia cuenta. 



La Bigelow justifica esas prácticas a través de la experiencia de Maya, la agente de la CIA (personificada por Jessica Chastain, candidata al Oscar por esta prestación) que la película afirma fue la fuerza impulsora que llevó, tras once años de caza, al descubrimiento del escondite de Osama bin Laden y a su asesinato. O ejecución, si prefieren. 


El elogio de la tortura se desprende en forma natural de todo el desarrollo de la película, que no se guarda nada, desde las imágenes de castigo explícito hasta la admisión de los “sitios negros” en el mapa del mundo, hacia los cuales la agencia remite a sus sospechosos para que, ¡suprema muestra de humor negro!, la aplicación de las “técnicas avanzadas de interrogación” no violen la ley que prohíbe la tortura en el territorio de la Unión. 


Lejos de plantearse al menos un dilema ético en torna a su tema, la película tiende un manto justificativo respecto de los desafueros de los agentes de la “Compañía”. Lo hace de manera implícita, al abrir el filme con la grabación real de los diálogos angustiados de los pasajeros atrapados en los vuelos dirigidos contra las Torres Gemelas o con los llamados agónicos de quienes se encontraban sitiados por las llamas dentro de ellas. Es un expediente eficaz, conmovedor… y demagógico, pues no hace mención alguna a los millones de víctimas causadas por las intervenciones norteamericanas en el tercer mundo que precedieron al ataque; ni al hecho de que la gestación de la Némesis neoyorquina tuvo elementos dudosos que pudieron haberla hecho el escenario de una provocación monumental… 



La noche más oscura pudo ser escrita por un equipo de agentes de la CIA o por cualquiera de los asesores de George W. Bush cuando acuñaron el concepto de la "guerra infinita contra el terror”. El núcleo de esa teoría es que sólo trasgrediendo los límites de lo permitido en las convenciones internacionales será posible para Estados Unidos obtener venganza y seguridad. Bigelow sirve esta tesis con consecuencia nada admirable. Del relato se desprende un elogio de la tortura como resultado de la imagen en última instancia “humana” y “positiva” de los torturadores o de los que los comandan. Corren riesgos, están sometidos a mucha tensión. Esta, sin embargo, al menos aquí, deviene más bien de la falta de resultados de los interrogatorios que de la brutalidad con que se los practica y del problema moral que esos métodos conllevan. El filme por cierto podría justificar a los esbirros de la ESMA o a los miembros de la Gestapo. ¿Acaso Klaus Barbie no realizaba un esforzado trabajo en pro de la seguridad de la Wehrmacht cuando trabajaba en los cuarteles de la Policía de Seguridad alemana en Lyon, durante la ocupación? Él también perseguía a “terroristas” que asesinaban a los soldados alemanes y a los partidarios del gobierno colaboracionista de Vichy. 


La guerra no es un negocio amable, en especial cuando se trata de lidiar con organizaciones clandestinas. El “tercer grado”, por repudiable que sea, se desprende como un fruto podrido del árbol del bien y del mal. Pero una cosa es reconocer esa asqueante realidad y otra es justificarla, institucionalizándola y admitiéndola como parte de la vida cotidiana. Los verdugos pueden ser necesarios, pero hay que tener un carácter muy especial para aceptar la tarea. El filme de Bigelow apunta a hacer potables y notables (en un sentido exaltante) a esos personajes. Doblemente penoso resulta el hecho de que el elogio a esa función asesina esté referido a una mujer. Si este es un logro del feminismo –como en cierto modo insinuó la directora en algún reportaje- y si el personaje de Maya es un arquetipo de la mujer nueva, medrados estamos. La liberación de la mujer no puede pasar por igualar al hombre en lo que este tiene de más brutal, y por abandonar los rasgos de compasión y sensibilidad que se supone son connaturales al sexo femenino.

La trama está bien contada, desde luego, pero ese brillante y austero oficio no hace sino corroborar la perversidad del trabajo fílmico de Bigelow. Un dato interesante e inquietante para cerrar. En un reportaje concedido a La Nación, preguntada acerca de su próximo proyecto, Kathryn Bigelow contó que piensa ambientar su siguiente película en la Triple Frontera. Esto es, en el límite entre Paraguay, Argentina y Brasil, donde se asienta Ciudad del Este, que el gobierno norteamericano no se cansa en señalar como un nido de conspiradores árabes, de terroristas trashumantes y de narcotraficantes. La presencia del acuífero guaraní, de la represa de Itaipú y de los formidables recursos hidroeléctricos que pueden explotarse en la zona, nunca se mencionan en las difusas advertencias que emanan de Washington. Como dato al margen hay que mencionar que la embajada norteamericana en Asunción ha incrementado mucho su personal durante el año pasado, después del derrocamiento del presidente Lugo..(3). 

Si hacía falta algo más para sindicar a la Bigelow como una colaboradora de la CIA, creo que con esta precisión alcanza.

Notas 

!) Claro está que también puede haber efectos “colaterales” como gustan señalar los encargados de prensa del Pentágono. Por ejemplo, la matanza de escolares en un idílico pueblito del Medio Oeste o el ametrallamiento de un público adolescente que ha concurrido a ver una película de Batman. 


2) Una excepción la constituyó uno de las películas que menos se le ha tenido en cuenta a Spielberg: la estupenda El color púrpura, para mi gusto la película más sensible y conmovedora de este director. 


3) Nii Nikandrov: CIA orchestrates Pre-Election campaign in Paraguay, Strategic Culture Foundation, Febrero 2013.

Fuente: http://www.enriquelacolla.com/sitio/notas.php?id=316

Saludos rituales, Bocha... el sociólogo.

jueves, 31 de enero de 2013

“Lincoln” o la trastienda de la gran política

Por Enrique Lacolla
Steven Spielberg reverdece sus pergaminos con esta biografía de Lincoln, que bien pudo llamarse “la batalla por la decimotercera enmienda”.


Sería conveniente que, antes de ver Lincoln, el espectador actualizara algunas nociones de la historia norteamericana. La principal es que los republicanos y los demócratas, en la época de la guerra de Secesión, jugaban roles más bien antitéticos a los que desempeñan actualmente. Los demócratas estaban por el apaciguamiento del Sur y la negociación con los propietarios de esclavos para impedir que  rompieran la Unión. Esta tesitura la mantuvieron también durante la guerra, a la que aceptaban como un mal inevitable tras la ruptura sureña, materializada con el ataque al Fuerte Sumter y con la formación de la Confederación, pero a la que pretendían paliar con parches y remiendos, devolviendo al Sur al seno de Estados Unidos a través de una política de concesiones. Los republicanos, por el contrario, acababan de forjarse como un ariete político dirigido a consolidar la estructura interna de Estados Unidos potenciando al norte industrial y acabando con la economía agraria, servil y librecambista del sur del país, que constituía una rémora para el pleno desarrollo capitalista de la nación. Para ello había que terminar con la herramienta que sostenía economía sureña: la esclavitud y, si era necesario, afrontar una guerra civil a todo o nada. Este empeño se revistió del prestigio humanitario que suponía la voluntad de acabar con la explotación y el tráfico de seres humanos, y convocó por lo tanto a los mejores y más generosos personeros de la causa liberal, pero el núcleo determinante del conflicto residió en la necesidad de franquear el espacio para la liberación de las inmensas posibilidades productivas de la nación. En estos tiempos, entenebrecidos por los estragos que provoca el capitalismo en su etapa senil, es fácil olvidar que fue también, a pesar suyo, si se quiere, para las naciones que lo gestaron, un decisivo y arrollador instrumento de progreso, destructor de rémoras feudales.. 
Ahora bien, ni siquiera entre los republicanos había unanimidad respecto de la cuestión de la esclavitud. El prejuicio racial era muy fuerte y la posibilidad de liberar a los negros de sus cadenas se complicaba con el temor a la cantidad de desorden que la irrupción de esa masa iletrada podía acarrear al sistema de patronazgo burgués que regía la sociedad. 

Abraham Lincoln tuvo que dirigir la nave del Estado en esas difíciles condiciones. Nadie se sintió satisfecho con sus procedimientos. En el tema de la abolición de la esclavitud procedió paso a paso y con, para muchos, excesiva prudencia. Primero se limitó a emancipar a los esclavos que se encontraban sometidos a amos que se hubieran plegado a la causa secesionista en el sur, dejando como estaban a los que pertenecían a plantadores de estados fronterizos –como Kentucky, donde había nacido- que habían optado por ser fieles a la Unión. Recién al final del conflicto se decidió a respaldar la décimo tercera enmienda a la constitución, que sentaba el principio de la abolición de la esclavitud en todo el territorio de Estados Unidos. Sin inferir por ello, sin embargo, que los hombres habían sido creados iguales ni otorgar el derecho del voto a los negros. Esta última facultad recién se alcanzó con las Enmiendas de la Reconstrucción, realizadas después de la guerra, y de cualquier modo en buena medida quedó en letra muerta durante casi un siglo. 


La tesitura de Lincoln –prudente hasta el exceso, pero firme en el fondo- le suscitó antagonismos por todos lados. De los abolicionistas radicales porque entendían que contemporizaba demasiado; de los demócratas y los republicanos moderados porque entendían que con su actitud tensaba el conflicto cerrando la posibilidad de una solución negociada de este. Lincoln consiguió sin embargo llenar su objetivo respetando (al menos en apariencia) las formas del gobierno representativo, lo que trabó e hizo lento el proceso dirigido a terminar con la rebelión del Sur, pero concilió o mantuvo en equilibrio a los intereses contrapuestos que figuraban en su propio bando. El “viejo Abe” supo imprimir a sus procedimientos de político práctico una consecuencia y una persistencia que al cabo tuvieron éxito. La moral de la cuestión fue, en definitiva, como lo expresaron Marx y Engels, “que una guerra de ese tipo, que debía ser combatida en forma revolucionaria, de hecho fue librada por los yanquis dentro de los marcos constitucionales”. Si esto fue un bien o un mal, es un asunto que nunca se ha dilucidado. En cualquier caso, habría que concluir que Lincoln fue un líder que comprendía a la perfección aquello de que “la política es el arte de lo posible”. Cosa muy diferente, por cierto, a la opinión de los que creen que la política es el arte de hacer  lo menos posible, estupendo pretexto para no hacer nada. 

La película 

Steven Spielberg es un director multifacético. Y también irregular: no toda su producción tiene el mismo nivel de excelencia. Sus pergaminos sin embargo justificaban el abordaje de Lincoln. Lo que consiguió satisface a medias, pero de cualquier manera es un producto digno de ser tomado en cuenta. 


Spielberg elige un tono narrativo en cierto modo afín al film de cámara, sustrayéndose a la tormenta épica a que podría haber dado lugar la naturaleza del período que trata. Hay apenas un choque bélico, bastante estilizado dentro de su concepción sangrienta, al comienzo de la película, y el resto se juega en espacios cerrados y más bien sofocantes. 

La apelación a un estilo intimista, no deja sin embargo afuera a naturaleza de los problemas que acosan al presidente. Lincoln es una película política sobre un personaje que era, de hecho, un animal político con todas las letras. El film versa precisamente sobre la lucha llevada a cabo por Lincoln, en los últimos meses de la guerra civil, para imponer la decimotercera enmienda a la constitución de Estados Unidos. Ella había de decretar la abolición definitiva de la esclavitud a través del gambito de declarar a todos los hombres iguales ante la ley. Se trató, como decimos arriba, de una fórmula incompleta y poco generosa, pues el argumento sostenido por los abolicionistas pretendía sustentar la enmienda con la afirmación de que todos los hombres han sido creados iguales, era rebatido por los demócratas y los republicanos moderados,poco dispuestos a ir más allá de la lucha por preservar la Unión, de preferencia a través de una negociación con los confederados. Esos elementos no iban a aceptar ningún documento que implicase, amén de la abolición de la esclavitud, la admisión implícita de posibilidades tales como la integración, el derecho al sufragio y el matrimonio interracial. De modo que fue solo a través del soborno y la compra de votos, de la persuasión y la presión, que el proyecto de ley salió aprobado. Ese fue un texto insuficiente para poner de relieve la moralidad de lo que estaba en juego, pero que resultó lo bastante amplio como para zanjar la cuestión de la esclavitud de una vez por todas. La película relata las idas y venidas en torno de esta disputa 

Lincoln es una película sobre las mezquindades, bajezas y grandezas de la política. La declaración más trascendente de la historia norteamericana hasta ese momento, se logró en efecto, como dice el mismo filme, a través de las trapisondas, el mangoneo, el soborno y la corrupción de los representantes cuyos votos eran necesarios para conseguir la aprobación de la ley en el Congreso. Todo esto no deja mucho espacio para la vibración épica o para el trémolo afectivo, pero sí para una reflexión seria sobre las formas en que proceden los asuntos humanos. 

El rol de Lincoln durante el conflicto está bien expresado en el relato de Spielberg. Lincoln fue un hombre compasivo, sin duda, pero resuelto a sostener e imponer lo que era su objetivo de máxima: salvar y preservar la Unión y echar las bases para un desarrollo capitalista libre de rémoras serviles. Para eso era preciso acabar con la oligarquía sureña y con el resorte de su riqueza, el trabajo esclavo. Cuando esa casta aristocrática de plantadores pretendió fracturar la Unión por medios que contaban con la adhesión de la mayoría de los pobladores blancos y  libres del Sur, el presidente no vaciló en desentenderse de la democracia federativa y decidió el sacrificio de cientos de miles de vidas de sus connacionales más jóvenes para conservar a los estados subversivos dentro de las fronteras. Los sureños quisieron irse, pero el gobierno central se lo impidió con las armas, de una manera implacable e impiadosa. Dentro de su naturaleza flexible, amable, amena y de veras humana, había en Lincoln un núcleo voluntarioso, forjado en puro acero. Y eso lo hizo el hombre de la hora. 

Spielberg nos muestra a un individuo cansado por cuatro años de gobierno y de guerra, transido por la conciencia del el sufrimiento que ha debido inferir al cuerpo de su nación y agitado por problemas familiares que pretenden apartarlo de la misión mayor que tiene entre manos. A veces reacciona con rabia al acoso histérico a que lo somete su esposa, medio loca de miedo; pero mal que bien consigue conservar un sentido del humor que el espectador adivina que es tanto un expediente para compensar el desequilibrio a que lo empuja su situación pública y privada, como una forma de docencia y al mismo tiempo de instrumento para eludir el acoso a que lo someten sus enemigos y sus propios amigos. El estilo elusivo del presidente no lo distrae en lo más mínimo de la persecución de su meta: el restablecimiento de la Unión. Lo logra con un final abierto a todas las conjeturas, y que deberá ser trabajado por las futuras generaciones. Él había ido hasta dondele  daban sus posibilidades en un determinado período. El perfeccionamiento de su tarea no iba a quedar en sus manos: John Wilkes Booth se encargaría de inaugurar con el presidente emancipador la larga lista de mandatarios norteamericanos asesinados a tiros. A dos meses de asumir su segundo mandato y un día después de la capitulación de Lee en Appomatox, una bala en el cráneo acababa con su vida. Al mismo tiempo, la conspiración de la que Booth formaba parte intentaba asesinar a otra figura prominente del gabinete de Lincoln, el secretario de estado William Seward, que salvó su vida de milagro. 

Spielberg prescinde de la representación directa de estos tramos de la historia. Refleja el final del presidente en forma alusiva, un poco como la peripecia de Waterloo es escamoteada por Thackeray en la novela Feria de Vanidades donde, cuando esperamos asistir al espectáculo del choque entre Napoleón y Wellington, sólo escuchamos el lejano retumbar del cañoneo. Esta mesura y esta toma de distancia concuerda con el registro escogido por el director para narrar su historia y evoca también, de alguna manera, el anticlímax cargado de presagios que encerraba el final de Munich.(1)  


El director maneja la compleja trama política que se desarrolla a lo largo del relato con gran habilidad. Esta narración de tramoyas políticas y de grandes apuestas que exceden la estatura de los personajes que las encarnan, está ambientada con una fotografía de tonos fríos, jugada por lo general en interiores. El resultado es algo así como un drama de cámara, sostenido por un reparto de actores de una solidez impresionante. Es posible que Daniel Day Lewis no haya dado en Lincoln la mejor interpretación de su carrera (preferimos al Newland Archer de La edad de la inocencia o al asesino de Pandillas de Nueva York), pero saca de la galera un personaje creíble, a pesar de los límites con que tropieza cualquier actor cuando de personificar una figura histórica se trata. Es difícil evitar en estos casos el apegamiento a la visión convencional del héroe.Daniel Day Lewis consigue evadir solo en cierta medida ese riesgo, pero se las arregla para habitar a  su personaje y se destaca en especial en las escenas de la intimidad familiar. Su Lincoln es un personaje exhausto, pero resuelto, que se adecua al individuo que sospechamos debe haber sido en la última etapa de su vida. 

Tommy Lee Jones hace un Thaddeus Stevens de una compacidad formidable. El duro luchador abolicionista es retratado con una vehemencia convincente y, a nuestro modo de ver, es la interpretación más sólida que se ve en la película. David Strathairn, por su lado, en el papel del secretario de estado William Seward, demuestra una vez más que es un solidísimo actor, cuyo eximio oficio, articulado en base a un estilo discreto y comedido, arriesga a veces que el espectador desprevenido no lo tome muy en cuenta. Y Sally Field está perfecta como Mary Todd Lincoln, la errática y por momentos desequilibrada mujer del presidente. 

Lincoln no va a ser la película más notable de Steven Spielberg, pero sí va a perdurar entre los títulos importantes de su filmografía.
Nota 

1) Esta película, una de las mejores de Spielberg, dedicada a historiar la matanza de los atletas israelíes en las Olimpíadas de Munich y la venganza judía por el atentado, termina con un desolado contrapunto a la violencia que ha predominado a lo largo del filme. Cuando el agente del Mossad que ha comandado el escuadrón de castigo contra los palestinos se niega a volver a su puesto y renuncia al servicio activo, la cámara realiza un silencioso paneo desde el Hudson sobre Manhattan, deslizándose hasta detenerse en una imagen que abarca un paisaje donde se yerguen, casi insignificantes a la distancia, las Torres Gemelas. Una sutil sugerencia acerca del círculo vicioso de la retribución y el terror, que el espectador sabe cerrará su vuelta 30 años después de completarse el relato que ha estado viendo.

Fuente: http://www.enriquelacolla.com/sitio/notas.php?id=313

Dejo mi saludo ritual como un apretón de manos o un "Ave María Purísima", Firme y Digno, Bocha... el sociólogo.

lunes, 22 de octubre de 2012

Las series policíacas en la televisión

Por Enrique Lacolla

El equipo de Mentes Criminales.
Nunca como hoy el género policial y sus subgéneros han ocupado tanto espacio en el mundo de la ficción literaria, cinematográfica y sobre todo televisiva.
El libro de Ernest Mandel, "Crimen delicioso", brinda un estupendo estudio del relato policial literario desde la perspectiva de la historia social. Es una obra recomendable en todos los sentidos, en la cual Mandel se aleja del análisis económico y político del mundo moderno (áreas en las que fue un excepcional referente del análisis marxista) para sumirse en la observación del relato criminal como un material invalorable para detectar y seguir las peripecias de la civilización burguesa desde la revolución industrial hasta el presente. Mandel murió en 1995, y por lo tanto no es probable que haya llegado a conocer las novelas de Henning Mankell (que lo hubieran quizá inducido a moderar su apreciación moralmente muy pesimista del género) y no llegó tampoco a chocar con la oleada de violencia televisiva que hoy inunda las pantallas, pero es probable que esta última lo hubiera confirmado en su estimación negativa. 

Hoy en día la televisión agiganta el tema. Siempre ha otorgado un espacio preferencial a las series de aventuras. Pero en años recientes este cupo se ha agrandado muchísimo y, dentro de él, las historias policíacas han llegado a ocupar un lugar desmedidamente grande. Es difícil pulsar el control remoto, sobre todo en los horarios centrales, sin caer en medio de una historia de asesinatos. Los norteamericanos han sido los más prolíficos exponentes del género, al que forjaron a través de la experiencia del cine de gángsters, de la serie negra y hasta del western. En efecto, la violencia ínsita en el carácter estadounidense en parte deviene de su pasado fronterizo, que brindaba un espacio ilimitado para afirmarse por medio de ella. Ella era a la vez un instrumento de conquista y un expediente defensivo, y fue ejercida por todos contra todos. Por los pioneros contra los indios, de parte de estos contra los pioneros y los colonos; de los ganaderos contra los colonos y viceversa; de los embriones de la sociedad organizada hacia los cuatreros y más tarde desde aquella hacia las bandas de desarraigados que brotaban al conjuro de la progresiva restricción del espacio libre, contra la cual los outlaws intentaban compensarse atracando bancos y asaltando trenes. 

De cualquier modo, la propensión al dinamismo y a los recursos explosivos para fundar las bases de un relato, típicos de la literatura y el cine norteamericanos, ha experimentado una hipertrofia desde mediados del siglo pasado y ha ingresado a una etapa de manifiesta hinchazón en el presente, remedando de alguna manera el traspaso de la era del capitalismo competitivo al capitalismo monopólico. El fenómeno incluso está contagiando a los británicos y en los últimos años las líneas elegantes del policial inglés se han desdibujado, dejando de lado los referentes del orden burgués y dando paso a un salvajismo explicito que manifiesta la decadencia de ese orden sin dar lugar, sin embargo, a ningún orden alterno. Claro que esto ya estaba preanunciado por las novelas de Ian Fleming, John Le Carré y otros, pero el trasvase a la televisión de esas tendencias las ha exasperado. Aunque sigue existiendo una diferencia entre las manifestaciones británicas, más o menos ponderadas, y las desencadenadas y llevadas a veces a límites inverosímiles, como es el caso de los norteamericanos. 

Un cambio de registro 

El filme policíaco para la televisión ha invadido incluso a una emisora tan medida como la BBC, que antes se dedicaba en este rubro sobre todo a traducir a imágenes las historias irónicas, sesgadamente conservadoras y psicológicamente pulidas de Hercule Poirot o de Miss Marple. Esa tónica un poco amadamada ha cambiado en forma radical desde entonces. Las series policiales que se proyectan en este momento por la BBC son, entre otras, “Case Sensitive”, “Inspector Gently”, “Luther” y "Wallander”, la última sobre el personaje del detective sueco forjado por Henning Mankell. La más moderada de todas es la que tiene como eje protagónico al inspector Gently, que parece retener al menos cierta tesitura educada que no desentonaría demasiado con Agatha Christie; aunque los ambientes en que se mueve están a una distancia sideral de las elegantes casas de campo inglesas y del tintineo de las cucharillas en las tazas de té. Pero “Wallander” y “Luther”, esta última en particular, están trasvasadas por un clima de violencia asesina que no desmerecería la de las series norteamericanas, bien que aquí no se apele al recurso de las persecuciones interminables, los estallidos y la destrucción sistemática de automóviles para llenar los ojos del espectador. Con todo, las aventuras del policía negro que no se resigna a la pérdida de su ex mujer y se enreda en una extraña complicidad con una asesina que lo admira por su violencia apenas contenida y lo ayuda en el esclarecimiento de ciertos casos, tienen una carga turbulenta y explosiva que vale más que la prodigalidad con que las series norteamericanas distribuyen sus demoliciones. 


Algo similar pasa con Wallander, el héroe –o antihéroe- de Henning Mankell, aunque en este caso, con arreglo al estilo introspectivo y vacilante del personaje -del que Kenneth Branagh da un retrato intachable-, la serie gana en densidad psicológica. Es notable, sin embargo, al menos en los episodios que hemos visto hasta la fecha, la carencia de las referencias específicas a la corrupción y las intrigas en el ámbito de la política sueca que Mankell empezó a hacer en las últimas entregas de la serie y que pueden entenderse, en clave general, como un retrato de la etapa de la decadencia burguesa, no sólo en Suecia sino en todo occidente.

El jeroglífico social 
Como bien lo señala Mandel, la atracción que ejercen el thriller, la novela de espionaje y las historias policiales se vincula al misterio en que, para la generalidad de la gente, se envuelven las decisiones económicas y políticas globales que parecen ya escapar al ámbito de la volición popular considerada en forma colectiva y, a una escala aun mayor, al deseo de los individuos singulares en el sentido de vivir una existencia armónica. 

Esto ha sido así siempre la en la era moderna, pero nunca como hoy la separación entre la percepción que la gente tiene del devenir del mundo y de sus propias vivencias y necesidades ha sido tan grande. Los intrincados laberintos financieros, el carácter elusivo de una política cada vez más sometida a la dictadura de los intereses que dominan el mercado y la difuminación de las fronteras entre el delito y la represión del delito, crean un caos gobernado que se reproduce sin cesar a sí mismo. Esto, y la aversión al pensamiento inducida por una organización mediática y educativa que restringe el conocimiento e impulsa a satisfacerse con banalidades o con una formación semialfabeta, tornan indefensos e ignorantes a los individuos respecto de los mecanismos que mueven los procesos económicos y políticos, y que los movilizan a ellos mismos. 

Se hace entonces posible que la gente encuentre un escape a sus angustias viéndolas reflejadas en la descripción de la inestabilidad permanente que constituye el leitmotiv del thriller. Se trata de un entretenimiento escapista, pues en general esas historias terminan bien –es decir, se castiga al culpable. Pero, en la inmensa mayoría de los casos, allí se describen de manera hiperbólica rasgos siniestros que están muy activos en el presente, sin acceder sin embargo a cuestionar sus causas. Esa mecánica aleja por un momento al lector o al telespectador de la necesidad de analizar tales causas y lo satisface en el regusto morboso que experimenta de acercarse a los fenómenos que ellas producen. Pero no lo tranquiliza en absoluto. Pues lo singular de esos crímenes y esa violencia es que se reiteran no bien acaba un episodio. Los detectives no descansan; siempre están a la caza de un culpable cuyo lugar, cuando cae, es ocupado de inmediato por otro. 

Ahora bien, ¿es esta una forma vicaria de exorcizar la violencia que los espectadores llevan en sí mismos –como lo sostenían Borde y Chaumeton en “Panorama del Cine Negro”-, o, como creemos nosotros, una manera de interiorizarla, blindándose frente a la angustia que ella produce y tornándose cada vez más indiferentes a su propagación práctica? 

Las sociedades se deterioran cada vez más y subliman sus traumas a través de fábulas feroces que los testimonian y que brindan un estupendo material para el análisis. Pero esto último es un dato objetivo; las series pueden interesar al historiador o al especialista que se encuentran en condiciones de sacar provecho de esa cantera. Para el común de las gentes, sin embargo, esas series las distraen de las realidades aun más atroces que el sistema engendra, sin liberarlas de la angustia. Más bien los familiarizan con ella, induciéndola a aceptarla casi como un hecho cotidiano y creando a su propósito una adicción parecida a la de la droga. “Pan y circo”, decían los antiguos romanos; hoy se podría hablar de “circo”, simplemente. 

La realidad que nos rodea se compone del temor a perder el empleo, de la inestabilidad psicológica derivada del cambio tecnológico permanente, de una saturación informativa repleta de guerras y bombardeos, embargos, bloqueos, hambrunas inducidas conscientemente; de crímenes de Estado que nunca encuentran una explicación satisfactoria, de asesinatos comunes y corrientes, de mentiras desfachatadas que se exhiben como verdades y de la alienación del individuo frente a la doble ecuación que plantea la racionalidad aparente de su ámbito privado y la irracionalidad económica del mundo externo. A lo que hay sumar la cereza del postre, la supresión de la humanidad del Otro, en el mejor estilo nazi, aunque revertido ahora al maniqueísmo reductor de los “buenos” y los “malos”, propio del infantilismo norteamericano… 


Esta agitación se mueve siempre en un mismo sitio, es en apariencia inalterable, de modo que el impulso a la rebelión contra la realidad, lejos de encarnarse en una motivación política racional, se vuelca más bien, en los casos que se pone en marcha, a un rechazo ambiguo, propenso a desembocar en el callejón sin salida del terrorismo o de un extremismo de ultraderecha, al estilo del “justiciero” encarnado por Charles Bronson allá por los años 70. Se va generando así una suerte de insensibilización frente a la violencia, inducida en primer término por el mundo que nos rodea y luego “normalizada” por la inflación televisiva de sus peores rasgos. Son todos estímulos y contra estímulos capaces de desquiciar al más pintado. 

Por ejemplo, el asesino masivo que masacró en Noruega a 77 adolescentes, movido por una confusa mezcla de convicciones racistas, anticomunistas y francmasónicas, recibió una condena de apenas 27 años y existe la posibilidad de que la misma se vea acortada si convence a las autoridades de que se ha enmendado… Mientras tanto se ejecutan sin vacilar, en operaciones “contraterroristas” o patrocinadas directa o indirectamente por las potencias imperiales, a insurgentes que intentan sublevarse contra el sistema, a luchadores de movimientos sociales e incluso a científicos iraníes, a los que se juzga peligrosos por involucrarse en el desarrollo tecnológico de su patria. Que, en el más extremo de los casos, no intentaría otra cosa que dotarse de un instrumento contra la abrumadora superioridad militar de quienes la antagonizan. 

El desasosiego que recorre al mundo es el propio del escenario de una decadencia que se profundiza sin cesar. Ello debería convocarnos a un esfuerzo por adueñarnos de los resortes que la determinan. El género policial –y los derivados truculentos del thriller, como las películas de horror- no nos van a dar una receta para ello. Pero sí deberían servir para que midamos la variedad, la vastedad y la hondura de la crisis en que estamos viviendo. 

Coda con la CIA 
Cuando cerrábamos esta nota tuvimos oportunidad de ver “Argo”, un film dirigido y protagonizado por Ben Affleck, que se integra, aunque de una manera propia y a su modo original, en el panorama que veníamos describiendo. La película evoca un trasfondo poco conocido de la toma de la embajada de Estados Unidos en Teherán, en 1979. En esa ocasión hubo seis empleados de la embajada que consiguieron fugarse del complejo antes de que este fuese tomado por los militantes khomeinistas, con la subsiguiente captura y retención de sus ocupantes como rehenes, situación en la que quedaron durante 444 días hasta que, tras el fracaso de una misión militar de rescate, fueron dejados en libertad por un acuerdo negociado. Ese pequeño grupo de evadidos, compuesto por seis personas, consiguió eludir el destino de sus colegas escondiéndose en la residencia del embajador de Canadá, y fue retirado de Irán mucho antes que el resto de sus compañeros, en una operación secreta cumplida por la CIA. 

La película de Affleck se centra sobre este episodio. Lo hace con gran solvencia narrativa y con agudo sentido del diálogo, el cual suministra muchos apuntes irónicos sobre la política y sobre la parafernalia “artística” de Hollywood. La operación de extracción de los norteamericanos escondidos en la embajada canadiense se articuló, en efecto, a partir de una idea fantástica: sacarlos de Irán en calidad de miembros de un equipo de filmación canadiense en busca de locaciones para el rodaje de un film de ciencia ficción. “Es la mejor mala idea que se me ocurre”, dice el encargado de llevar adelante el proyecto de extracción, 

La película, que muy probablemente será postulada para algún Oscar para el año que viene, está trabajada en base a un guión muy astuto, que combina ironía con tensión y que mezcla los trozos documentales con ficción en dosis bien equilibradas. El suspenso está muy logrado y culmina con una peripecia final –inventada, desde luego, pues la partida real de los diplomáticos se verificó en un entorno de apariencias más normales-, que instrumenta con gran habilidad el principio del montaje paralelo; el hallazgo de Griffith para “El nacimiento de una Nación” en 1914 y que sigue siendo desde entonces la piedra angular que sustenta los momentos de tensión en la construcción cinematográfica. La película es eficaz sin recurrir a los procedimientos narrativos que suelen ser estándar en las producciones de este tipo. No hay tiroteos ni carreras en automóvil que terminan en choques y explosiones, ni peleas a trompadas. En su lugar hay un clima de angustia derivado de lo que les puede suceder a los protagonistas si son descubiertos y un contrapunto entre lo que sucede en el terreno y lo que ocurre en Washington y en Hollywood, donde se ha montado una oficina de producción encargada de proveer el guión, los maquillajes y los dibujos del falso film, amén de proveer una dirección telefónica que sustenta su existencia. 

Estos méritos, a los que se suma el logrado perfil de algunos de los angustiados diplomáticos recluidos en la embajada, no logran, sin embargo, atenuar el rechazo irónico que la película provoca en el espectador políticamente consciente. Para el grueso del público norteamericano esa percepción, desde luego, no existe. La indulgencia de los estadounidenses para consigo mismos es despampanante. Aunque el guión de Chris Terrio trata de equilibrar los pesos en algunos momentos –no faltan las referencias a la corrupción del régimen del Shah y el suspenso final ayuda a levantar un poco la imagen de los iraníes, pintándolos como menos tontos de lo que hace suponer el resto de la película-, el film pone a los estadounidenses en el papel que les conviene asumir. Esto es, el de agredidos por un odio que se expande y se encarniza contra su carácter generoso, sólidamente enraizado en los valores de la modernidad y la libertad personal. Un odio que, en suma, no toma en cuenta la capacidad de reacción de ese modélico agente del progreso que es Estados Unidos, capaz de gran bondad pero también de actuar con eficacia para cobrarse las ofensas recibidas… Y sin pararse en recursos, para hacerlo. 

La película de Affleck es hábil, sin duda, y despliega todos los estereotipos del subgénero espionaje del thriller capaces de movilizar el interés del público. Pero para el espectador crítico el film vale, si logra tolerar su rechazo a los sobreentendidos políticos que subyacen a la película, sobre todo como una buena oportunidad para percibir como se articulan los resortes de una propaganda que, de tan interiorizada que está, ya casi no tiene conciencia de sí misma. Desfilan en “Argo” los musulmanes frenéticos, chirrían los guturales y enfáticos acentos del árabe y se multiplican los rostros barbudos e iracundos al lado de los rifles de asalto que enmarcan a una turbamulta de fanáticos. Es una perfecta ilustración para “El choque de las civilizaciones”. Y una oportunísima adición a la estrategia de la tensión que se está desplegando en torno a Irán a propósito del tema del enriquecimiento nuclear. 

Esperemos que esta tensión se quede en estrategia nomás y no sobrepase el terreno de la ficción fílmica y propagandística para proyectarse a los hechos. Lo sabremos después de las elecciones presidenciales de noviembre.
Nota 

“Crimen delicioso”. Historia social del relato policíaco, Ediciones ryr, Buenos Aires, 2011.


















Fuente: http://www.enriquelacolla.com/sitio/notas.php?id=301

COMENTARIO del Plumudo: Igual yo quiero que vuelva "MOSCA Y SMITH" : ))

Dejo mi saludo ritual como un apretón de manos o un "Ave María Purísima", Firme y Digno, Bocha... el sociólogo.

jueves, 28 de junio de 2012

Hallaron un manuscrito inédito de Charles Chaplin

 El cineasta quería hacer un filme sobre el bailarín ruso Nijinski.

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28.06.2012
"El tema de la obra es que una carrera no supone la realización de los deseos del hombre, sino solo un camino que conduce a su destino". Esa frase se puede leer en un inédito manuscrito del actor, cineasta y escritor británico Charles Chaplin que fue descubierto por la Filmoteca de la ciudad italiana de Bolonia.

El proyecto, que nunca llegó a realizarse, está inspirado en el bailarín ruso de origen polaco Vaslav Nijinsky
"Naginsky, el gran genio del ballet ruso, era un hombre sencillo, tímido y con dificultad para expresarse, de orígenes humildes. Era hijo de un zapatero pobre que no se podía permitir darle la educación que deseaba. Esto hizo a Naginsky tímido y dubitativo siempre que intentaba expresarse, pues era consciente de su gramática, y sensible al sonido de su voz poco musical", añade.

El cineasta y bailarín se conocieron en Los Ángeles en 1917 cuando Naginsky, que se encontraba de gira en la ciudad con su compañía de baile, hizo una visita al cineasta británico durante el rodaje de Easy Street (Calle Easy).
La vida de Nijinsky inspiraría a CHAPLIN para crear una obra sobre un gran bailarín como queda recogido en ese manuscrito, pero esta finalmente no se materializó, aunque sí le permitió incluir alguno de los temas en "Limelight".

Para conmemorar los 60 años del film Limeligth (Candilejas), todos los detalles de este hallazgo, cuyo lugar y momento exacto no se han dado a conocer, se presentarán mañana en el marco del Festival El Cine Reencontrado que organiza la Filmoteca de Bolonia.

También descubrieron cuatro fotografías desconocidas en las que están retratados Chaplin y Buster Keaton, otra figura del cine mudo estadounidense, durante el rodaje de "Candilejas"

Fuente:  http://www.clarin.com/espectaculos/cine/Hallaron-manuscrito-inedito-Charles-Chaplin_0_727127507.html

COMENTARIO del Plumudo: Que buena foto la de Chaplin motoquero cheee!!!! Aparte ¡cómo no va a hacer Carlitos cine mudo si su mamá le decía de niño "NO CHARLES CHAPLIN, NO CHARLES"!!! : ))
 
Saludos rituales, Bocha... el sociólogo.

sábado, 4 de febrero de 2012

Los paraísos perdidos

Por Enrique Lacolla


Nostalgias y realidades. La tecnología y la evolución del gusto: apostillas sobre la marcha del cine.
Uno de los encantos –y de las trampas- de la navegación por Internet son las sorpresas. Uno abre un archivo y, amén del tema que busca, se le ofrecen muchas otras vías secundarias que pueden llevarlo quién sabe adonde. Esto brinda una inigualable ocasión para perder el tiempo, pero también –si se mantiene el control mental que debería regir la utilización del Mouse- suministra la posibilidad de encuentros inesperados y descubrimientos a veces gratos. Buscando referencias sobre la revista Cinema Nuovo, que Guido Aristarco publicara en Italia durante los años 50 y 60 del pasado siglo, cuál no sería mi sorpresa al encontrar, en un archivo que afloró entre otros junto al tema que estaba buscando, un fragmento del filme Nuovo Cinema Paradiso que recuperaba una secuencia clave de la película de Giusseppe Tornatore, fragmento cuyo escamoteo de la versión difundida en América me había dejado desconcertado en su momento. 


Apresurémonos a apuntar que aquel no fue un acto de censura motivado por razones ideológicas o por un prurito de pudibundez, sino que fue el resultado de una arbitraria disposición de los distribuidores de turno, que deben haber juzgado a la película demasiado larga para sacarle el número de funciones –y por lo tanto de dinero- para hacerla un buen negocio. Tiempo atrás, sin embargo, Tornatore pudo restablecer el metraje de su película para esta parte del mundo, completándola y haciéndola, por ende, más comprensible. 



Cinema Paradiso contaba en flashback la historia de un consagrado cineasta italiano oriundo de la Sicilia, huérfano de padre y de alguna manera criado y formado por el proyectorista del cine del pueblo. El cineasta, que vuelve al paese para asistir al funeral de su mentor, había encontrado en esta figura a una especie de padre supletorio y en el cine casi a una madre. Cuando Nuovo Cinema Paradiso se exhibió entre nosotros tuvo gran éxito, pero, para muchos, resultaba evidente que había sido víctima de un corte de proporciones. En efecto, después supimos que nos llegó con alrededor de 45 minutos menos respecto del original mostrado en Europa. La torpeza del encargado de manejar las tijeras llegó al extremo de dejar en la película el comienzo del fragmento amputado. En vez de suprimir el trozo de pe a pa -lo que nos hubiera inferido un agravio, pero nos hubiera dejado ignorantes de este-, la novia de juventud de Totó, cuyo inexplicable abandono determinaría la trayectoria y la sensibilidad del cineasta, aparecía fugazmente en la forma de una mujer madura que el espectador podía sospechar había sido la protagonista de aquel romance juvenil. Esto generaba una sensación de falta. De no haber aparecido esos pocos fotogramas el filme no hubiera perdido unidad: el abandono podría haber pasado como un elemento más de los diversos naufragios que pueden experimentarse en la vida, pero la introducción de esas imágenes producía el efecto de un relato trunco. 



Ahora pude rescatar ese trozo, flotante como un documento en una botella en el océano cibernético. Tal como estaba, el filme visto veintitantos años atrás se erigía en una paradoja ambulante. La película, en efecto, culminaba en un antológico montaje de los fragmentos que Alfredo, el proyectorista fallecido, había legado a Totó. Este final suponía un homenaje al cine y una exaltación de la libertad expresiva del artista, ya que estaba constituido por los fragmentos perdidos, inmolados una vez en el altar de la pudibundez del cura del pueblo. Sin embargo, la amputación del filme convertía a este, a su vez, en un paradigma de la censura... 



El filme que lanzó a Tornatore tenía una inflexión melancólica tocante a pesar del manejo de muchos clisés y del hecho de que chocaba tanta melancolía en un director apenas treintañero. Aunque muy logrado en su factura, era difícil no preguntarse de dónde sacaba esa añoranza por el pasado un muchacho que aun no había vivido. O que había vivido poco. 



Revisando el filme después de muchos años, uno se siente más bien predispuesto a reconocer en esa melancolía un carácter premonitorio. En un mundo donde todo discurre cada vez más rápida y confusamente, el cine –como industria, sobre todo, pero también quizá como método de comunicación- ha caído víctima del efectismo puro. Se cuentan con los dedos de las manos los realizadores de una talla equiparable a los muchos que poblaban la segunda mitad del siglo XX. Para gran parte de la juventud el cine de autor ha envejecido o simplemente se lo desconoce, y las tramas que presuponen un esfuerzo de comprensión que exceda a la sensación pura (como las de Lars von Trier o Terrence Malik) son anatema. El apetito y las reglas del mercado han avanzado en la pantalla grande y en la pantalla chica, hasta el punto de que cualquier filme que no cuente con un montaje arrollador y con efectos especiales que aturden y se suceden sin solución de continuidad, parece condenado a la visión de núcleos escogidos y poco nutridos de público. El problema es más perceptible en el cine norteamericano, pero no ha dejado de afectar a otras cinematografías. 



Hay una infantilización del gusto, fogoneada por los sellos más importantes, que invalida la posibilidad de acceder al gran público con una intriga madura. Casi todo son fogonazos y vértigo. Incluso personajes provenientes de la literatura de aventuras tradicional son pescados y arrojados a una batidora que los revuelve y los devuelve a un escenario lleno de chirimbolos generados por computadora. No hace mucho hubo ocasión de ver una película que integraba en su trama a los personajes de Alan Quatermain, Minna, la enamorada de Drácula; Tom Sawyer, el capitán Nemo y hasta Dorian Gray, en un disparate divertido pero inserto en esa misma dinámica arrolladora que ha atrapado recientemente, por ejemplo, a los personajes de Sherlock Holmes y Watson. Los nuevos perfiles con los que se dota a las criaturas de Arthur Conan Doyle brindan oportunidades a los muy buenos actores que son Robert Downey Jr. y Jude Law para lucir sus aptitudes; pero poco queda, en estos denodados aventureros que orillan la histeria, de las cualidades de ingenio sarcástico, lógica matemática y aplicación metódica que distinguían a los personajes originales… 



No creo estar haciendo una equiparación mecánica si estimo a partir de aquí que el sistema capitalista en su declive infecta incluso a sus mejores tendencias, la de la conquista científica y la libertad artística, convirtiéndolas en un remedo de su propio asomarse al abismo. 



En fin, estas no son otra cosa que apostillas al pié de un desarrollo tecnológico vertiginoso que sería tonto negar. Sin embargo, a riesgo de parecer anticuado, hay que insistir en que el cine popular debería a lastrar a sus personajes con un poco más de sustancia. Cuando uno ve el backstage de estas películas está consciente de que los actores se mueven frente a fondos neutros, sobre los cuales la computación dibujará y compondrá los cuadros, la escenografía y los efectos especiales en los que los personajes serán integrados. Podría entenderse a este tipo de elaboración del relato como una metáfora del vacío. Pero nos resistimos a creerlo. A pesar de Mcluhan: si “la forma es el mensaje”, habrá que conquistar la forma, proveyéndola de esa esencialidad que es la propia del pensamiento crítico. Es decir, dominándola, no dejándose dominar por ella. 



Gobernemos el Mouse.



Saludos rituales, Bocha... el sociólogo.

mirando por el retrovisor

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